La Leyenda de la Llorona.

Las creencias sobre la llorona se remontan a la época de la Colonia, pero su origen data en el mundo prehispánico. Es así como ha viajado a través de las generaciones hasta el día de hoy.

Es una historia que todo mexicano sabe o debe saber, especialmente los residentes de Puebla y la Ciudad de México. Incluso ha tenido adaptaciones para que los niños más grandes la conozcan sin sentir pánico de irse a dormir.

Para los zapotecos oaxaqueños es el demonio en cuerpo de mujer, que según seduce a los hombres para posteriormente robarles el pene. En Jalisco, la distinguen como una mujer que ahogó a sus hijos en un río y que también seduce a los hombres trasnochados, para luego convertirse en calavera y asustarlos.

En algunos poblados menores, hablan de la llorona como una prostituta que mató a sus descendientes, por lo que Dios la castigó convirtiéndola en una imagen femenina demoníaca. En este caso, la seducción hacia los hombres se conservó, pero en lugar de solo asustarlos, muchas veces los conducía al abismo. De igual manera, podía convertirse en serpiente venenosa y en humana cubría siempre su rostro con un velo blanco.

Durante el siglo XVI, los residentes de la ciudad de México narraban cómo una mujer vestida de blanco deambulaba por las calles alrededor de la media noche. No obstante, lo que caracterizó este hecho era la angustia de sus lamentos, los cuáles, algunos calificaban como escalofriantes, pues podía escucharse claramente cómo sufría la muerte de sus hijos con un: “Aaaaay, mis hijos”, con una voz de dolor y profunda soledad.

Uno de los presagios de Moctezuma Xocoyotzin que se referían al fin de su mandato por la llegada de los españoles, fue la aparición de una mujer nocturna por las calles de Tenochtitlan, quien se lamentaba por sus hijos, los mexicas.

Historia de la Llorona.

El relato de la llorona tiene versiones que difieren un poco en ciertos datos, pero el punto central es el mismo: una mujer que emite lamentos desgarradores.

La leyenda de la llorona.

Esta es la narración más contada en Puebla:

El silencio se apoderó de repente y el viento inquieto movía los cabellos de los presentes. En eso, una mujer apareció entre los arbustos.

Todos sabíamos quién era, gracias a que nuestros padres y abuelos nos habían hablado de ella: La Llorona. Intenté no creer en eso, pues era tan solo un mito, pero al momento mi cabeza no pudo diferenciar entre la realidad de la fantasía.

Mi piel se estremeció al escuchar sus lamentos y al mirar a los demás noté su piel pálida y su mirada fija. Sus cuerpos estaban quietos como deseando pasar desapercibidos o no ocasionar molestia alguna. No puedo negar que también tenía mucho miedo y que las piernas no me respondían. Quizá por el hecho de que La Llorona estaba muy cerca.

De pronto, los lamentos cesaron y una calma aparente pero tenebrosa invadió el ambiente. Sin embargo, eso duró muy poco.

La Llorona levantó el velo blanco que le cubría ese rostro que nadie deseaba mirar pero que la misma adrenalina obligaba a hacerlo. El rostro era pálido, demacrado y de ojos muy tristes. De esa tristeza que se contagia y se siente. Intenté esquivar la mirada pero fue imposible. Poco segundos después ella comenzó a hablar.

“No soy la misma de antes, yo era hermosa, no esta mujer atormentada. ¡Pero fue culpa suya! Ese hombre tuvo la culpa por engañarme. Me destrozó el corazón”. Concluyó con una voz afligida que reflejaba los recuerdos que aún tenía frescos en la mente.

Continuó: “Lo amaba pero él era un criollo de padres ricos y yo una campesina que tenía mucho amor, y se lo di. Tanto, que un lazo nos unió: mis hijos…”

Según la historia, el amor de él hacia ella se terminó y un día le dijo que se casaría con otra mujer. La madre de sus hijos enloqueció y le pidió que no lo hiciera, pero él solo respondió que ella era una cualquiera y que estaba interesada solo en su dinero.

Él amenazó con llevarse a sus hijos, a lo que ella no podía ni iba a acceder bajo ninguna circunstancia. Simplemente no podía permitirlo. Esa misma noche la mujer les dijo a sus pequeños que la acompañaran a dar un paseo.

Los niños, contentos y jugando en el trayecto, no esperaban lo que estaba a punto de suceder. Una ira incontrolable invadió la mente de la mujer y recordó la amenaza de que le iban a quitar a sus hijos. Bajo ese odio tan profundo, sostuvo firmemente la cabeza de los pequeños y los ahogó sin piedad. Los niños luchaban por su vida y sacudían sus extremidades, pero no pasó mucho tiempo para que esto terminara. Sus cuerpecitos ya no se movían.

De pronto, la mujer comprendió lo que había hecho. Había matado a sus hijos; a esos niños que juró proteger toda la vida y que ahora ella misma se encargó de traicionarlos. Una madre que mata a sus propios hijos no puede vivir nunca en paz. Es por ello que se sumergió en el río hasta que el agua llenó sus pulmones. El dolor para todos había desaparecido.

Un hombre que despreció el amor de una mujer y una madre que no pudo manejar sus emociones terminaron en tragedia. Ahora ella nunca descansará en paz. La Llorona y su frase: “Aaaaay, mis hijos”, está plasmado en el ambiente de aquellos rincones. Lamentos que el viento se encargará de traer y disolver una y otra vez.

Los abuelos narran que de verdad era posible escuchar aquellos sollozos mientras permanecían dentro de casa, pero ahora es un poco distinto. El ruido de la vida moderna ha disuelto esa voz que ponía los vellos de punta. Sin embargo, el legado de su memoria ahí está y de nosotros depende que no muera.